Recepción: 14/09/2018
Evaluación: 20/ 09/2018
Aprobación: 14/10/2018
Artículo de Investigación- Científica
DOI: http://dx.doi.org/10.22267/rhec.182121.8


ALTERIDAD Y VIOLENCIA EN COLOMBIA. AVATARES TEÓRICOS DE UNA HISTORIA CULTURAL 1

Víctor Hugo Duque Ramírez2
Institución Educativa Municipal Libertad, Colombia

RESUMEN

Las dinámicas de violencia política en Colombia cuentan con una fuerte carga de alteridad, de construcción de ‘otros radicales’, de quienes representen lo contrario, lo maligno, lo subversivo, lo peligroso, lo represivo, etc. Por medio de esta carga de sentido al otro, se realiza la construcción conceptual del enemigo. En este sentido, se pretende reconocer las representaciones de alteridad construidas sobre los otros, a partir de sus paradigmas referenciales; es decir, sus discursos de ‘normalidad-verdad’. De esta manera, puede identificarse a quién, y cómo representa la otredad, y cómo esta otredad, constituida en alteridad radical, justifica la(s) violencia(s) en su contra. Así las cosas, al utilizar el material de prensa (políticamente sesgado, desde una cultura política bipartidista) puede construirse una historia cultural de la violencia en Colombia desde la constitución del enemigo (el otro) como alteridad radical; la construcción de representaciones desde los medios impresos ofrece el elemento fundante de este trabajo. De esta forma, se ofrece una periodización que permite reconocer las categorizaciones establecidas sobre un factor fundamental de la violencia en Colombia, que es el fenómeno guerrillero (1964-1984).

Palabras clave: alteridad, Historia cultural, representaciones sociales, violencia en Colombia.


ALTERITY AND VIOLENCE IN COLOMBIA. THEORETICAL AVATARS OF A CULTURAL HISTORY

ABSTRACT

The political violence dynamics in Colombia is strongly charged with alterity, construction of “other radicals”, people that represent the opposite, the malignant, the subversive, the dangerous, the repressive, etc. It is through this burden that the conceptual construction of the enemy is achieved. In this sense, we pretend to recognize the alterity representations built upon the others through their referential paradigms, that is, based on their discourses of “normality-truth”. This way, one can identify who and how he/she represents otherness, and how this otherness, made radical alterity, justifies the violence against him/her. Thus, one can construct a cultural history of the violence in Colombia by means of press material (that is politically biased due to a bipartisan political culture) and from the construction of the enemy (the other) as a radical alterity. The construction of the representations from the press media offers the founding element of this work. Therefore, we offer a periodization that allows us to recognize the categories elaborated upon a fundamental factor of violence in Colombia, which is the guerrilla phenomenon from (1964 to 1984).

Keywords: alterity, cultural history, social representations, violence in Colombia.


ALTERIDADE E VIOLÊNCIA NA COLÔMBIA. AVATARTS TEÓRICOS DE UMA HISTÓRIA CULTURAL

RESUMO

A dinâmica da violência política na Colômbia tem um forte fardo de ser outro distinto, de construção de “outros radicais”, daqueles que representam o oposto, o maligno, o subversivo, o perigoso, o repressivo, etc. É através desse fardo de sentido para o outro que a construção conceitual do inimigo é realizada. Nesse sentido, procuramos reconhecer as representações de alteridade construídas sobre os outros, a partir de seus paradigmas referenciais, ou seja, seus discursos de ‘normalidade-verdade’. Desta forma, pode-se identificar quem, e como ele representa a diversidade, e como essa diversidade, feita radicalmente alteridade, justifica a (s) violência (s) contra ele. Assim, fazendo uso de material de imprensa (politicamente tendenciosa de uma cultura política bipartidária) pode construir uma história cultural da violência na Colômbia desde a construção do inimigo (o outro) como uma alteridade radical, a construção de representações de impressão oferece o elemento fundador deste trabalho. Desta forma, é oferecida uma periodização que permite reconhecer as categorizações feitas sobre um fator fundamental da violência na Colômbia que é o fenômeno da guerrilha de 1964-1984.

Palavras-chave: alteridade, história cultural, representações sociais, violência na Colômbia.


INTRODUCCIÓN

El trabajo de investigación: Alteridad y violencia en Colombia. Una historia cultural de la construcción del ‘otro’ (1964-1984), orientado a constituir una tesis para el doctorado en historia y estudios humanísticos de la Universidad Pablo de Olavide, se establece como el desarrollo de un ejercicio de Historia cultural de la guerra colombiana en el periodo comprendido entre 1964 y 1984. Así mismo, la fuente principal de esta investigación será la prensa escrita, seleccionada por su filiación política y por su protagonismo a la hora de reseñar la guerra.

El trabajo de archivo se enfocará en la consecución de recurrencias que, a su vez, permiten reconocer tendencias representacionales, las que pueden organizarse en unidades o categorías de análisis. Al organizar cronológicamente y por categorías el material de prensa, se busca lograr el cometido de elaboración de una Historia cultural de la violencia en Colombia por medio de la construcción conceptual del enemigo como alteridad radical, y cómo estas representaciones se difundieron e impusieron a la población a través de los medios impresos de prensa.

Al utilizar el método de archivística,3 se puede identificar la procedencia u origen de los fondos; es decir, lo concerniente a: “la institución u organismo que constituye el fondo de archivo y que lo hace diferente de los demás.”4 Así mismo, se puede identificar el ciclo vital del documento, que se refiere a la antigüedad del documento, su relevancia para el trabajo de archivo y los cuidados para con ellos. Según las convenciones establecidas para el método de archivística,5 este trabajo utilizaría documentos de primera y segunda edad, debido a su antigüedad; de igual manera, el material de prensa consultado se organizará de forma cronológica y categorizada.

En este sentido, se busca desarrollar un ejercicio de clasificación, que puede definirse como: “la operación intelectual que consiste en el establecimiento de las categorías y grupos que reflejan la estructura orgánica y/o funcional del fondo”.6 Así las cosas, este estudio propende por una organización por categorías, que harán las veces de unidades de análisis. Las categorías propuestas para la clasificación son:

Así las cosas, se establece un trabajo de archivo enfocado a identificar, en los medios de prensa impresos, las filiaciones partidistas, los argumentos para dotar de sentido a los otros, y, sus incitaciones a la violencia, la discriminación, el desprecio y negación del otro. De igual manera, se busca identificar los argumentos que construyeron representaciones sobre los grupos guerrilleros (tanto a favor como en contra). En este sentido, se busca reconocer el impacto de estas representaciones en la cultura política colombiana.

1. Posicionamiento historiográfico

Para el desarrollo de esta investigación, se utilizará la historia cultural, una historia desde las representaciones, que han influido7 en las formaciones y estructuras culturales. Peter Burke y José Carazo definen la cultura, según la Historia cultural, como: “historia cultural en la que “cultura” se entiende en un sentido lato, que incluye la vida cotidiana de la gente común, los objetos materiales de los que esta se rodea y las diversas formas de percibir e imaginar su mundo.”8 En este sentido, respecto a la Historia cultural: “puede ser definida como la disciplina que tiene como objeto de estudio las representaciones culturales, las prácticas y los significados simbólicos, imaginados y las costumbres o comportamientos de agrupaciones sociales específicas.”9 Por tanto, de acuerdo con aquello por lo que propende este trabajo, la Historia cultural muestra sus potencialidades y escenarios de análisis.

Al reconocer el carácter dinámico y siempre cambiante de las representaciones,10 puede identificarse cómo se ha desarrollado la construcción conceptual y simbólica del otro por medio de estas representaciones de alteridad. En este sentido, puede desarrollarse una Historia de las representaciones, como lo plantean Burke y Carazo: “la noción actual de que tanto las cosas como las categorías son fluidas, frágiles, precarias o inestables. Hemos pasado de la historia “dura” de las estructuras sociales a la historia “blanda” de las representaciones.”11

De igual manera, la Historia cultural permite identificar y reconocer la complejidad de la violencia, que obedece a filiaciones políticas y a la manipulación cultural de la población por medio de la implantación de representaciones de alteridad contra el enemigo/el otro. Así las cosas, en palabras de Burke: “La intención del enfoque cultural estriba en develar el significado de la violencia aparentemente «sin sentido», las reglas que rigen su empleo.”12 De esta forma, por medio del análisis cultural de las representaciones de alteridad, y su impacto en la Historia de la Violencia Política en Colombia (HVPC), puede generarse una nueva comprensión del fenómeno violento, desde sus especificidades y contextos concretos.

2. Fuentes utilizadas y sus problemas

Para el desarrollo de este trabajo investigativo, como fuentes principales, se utilizará el material de prensa impresa. Para reconocer las representaciones construidas sobre las alteridades radicales, se recurrirá a los periódicos regionales, que han sido y son, en la actualidad, sesgados políticamente. Los diarios que se consultarán en las hemerotecas serán:

El trabajo de archivo se enfocará en el reconocimiento de las representaciones establecidas respecto a las alteridades radicales o la construcción conceptual, simbólica y discursiva del enemigo. En este sentido, este material de archivo ofrece un panorama de la construcción de nación en Colombia y cómo estas identidades se crean, articulan y difunden por medio de la alteridad; es decir, de la identificación, categorización y negación de los otros.

Como fuentes secundarias para este trabajo, se utilizarán las publicaciones sobre la violencia política en Colombia. Estas fuentes son constitutivas de esta investigación en tanto permiten establecer un recuento de las teorías y conceptualizaciones formuladas sobre la violencia política en Colombia; así mismo, permiten utilizarlas para una validación teórica de la investigación realizada. En este sentido, autores como Darío Villamizar, Gonzalo Sánchez, Daniel Pécaut, Fernán González, Malcom Deas, Alfredo Molano, Alejandro Reyes, Fernando Guillén, Eric Hobsbawm, entre otros, resultan fundamentales para la estructuración de esta investigación.

Dentro de las limitaciones respecto al uso de estas fuentes, están la ‘objetividad’ y ‘veracidad’ históricas. Al establecerse como un trabajo historiográfico, que no busca la narración de hechos, sino el análisis de representaciones, que históricamente han influido profundamente en las formaciones culturales colombianas, no se busca que se reconociera un carácter de veracidad u objetividad históricas. No obstante, puede reconocerse veracidad al analizar cómo estas representaciones de alteridad históricamente han constituido excusa y justificación para la violencia, la negación y eliminación del otro.

3. Lo que no soy yo. Alteridad

La otredad, es decir, la personificación de “lo que no soy yo”,13 ha sido la constante para la articulación de los Estados nacionales. Los otros han sido el escenario de posibilidad de quienes detentan la ‘normalidad’. La identificación, negación, así como la atribución de la maldad a los otros, es decir la alteridad, ha sido el argumento de formación de una cultura política; Roger Bartra sostiene que, por medio de ‘redes imaginarias de poder’, se ha logrado la legitimación y validación social a través de la identificación, y la otredad:

Estas redes imaginarias generan constantemente los mitos polares de la normalidad y la marginalidad, de la identidad y la otredad […] Se trata de un proceso de estimulación y creación de franjas marginales de terroristas, sectas religiosas, enfermos mentales, desclasados, indígenas, déspotas musulmanes, minorías sexuales, guerrilleros, emigrantes ilegales exóticos, mafias de narcotraficantes y toda clase de seres anormales y liminales que amenazan con su presencia –real o imaginaria– la estabilidad de la cultura política hegemónica.14

En este sentido, se desarrolla una confrontación contra la alteridad, contra quien representase lo contrario, al asignarle características salvajes, bárbaras, violentas, demoníacas, ignorantes, incultas, etc.; es una lógica de eliminación de la complejidad del otro, que lo reduce a su mínima expresión, en una dinámica donde: “Lo otro es inaprehensible, escapa del mundo que tenemos a la mano. Este es otro producto de la distancia no necesariamente física, sino una distancia que lo hace “irreconocible”, “indefinible”, una “alteridad radical”.15 Así las cosas, ese otro, en su alteridad radical, es fácilmente el objetivo de persecución, intervención o eliminación por parte de la ‘civilización’ y la ‘normalidad’; como expone Bartra:

La dimensión imaginaria radica en la construcción de un escenario omnipresente donde se enfrentan, por un lado, la civilización occidental democrática avanzada y, por otro, un amplio imperio maligno de otredades amenazantes, primitivas y fanáticas. La reducción de la complejidad política a este esquema binario es sin duda escalofriante, pero inmensamente eficaz para estimular formas renovadas de legitimidad y cohesión.16

El otro, en esta historia, ha sido el pretexto para la perpetuación de la dominación política y explotación económica a manos de quienes detentan tales poderes; este otro debe ser diferente, ya que esa diferencia permite atribuirle la denominación de la alteridad, de todo aquello que no me representa. El otro es, pues, la personificación de la alteridad, de lo contrario, lo maligno, lo peligroso; como anota Sánchez: “La diversidad, […] no podía ser pensada sino como inferioridad. Nombrar al otro es, pues, asignarle un lugar en la memoria, en la narrativa política, en la escena social. Barbarizarlo es excluirlo de la política y arrebatarle su papel de actor de la historia.”17

Para que existiera un colectivo, un ‘nosotros’,18 deben existir los otros. A aquellos que son los enemigos ‘naturales’ de todo lo que representa la cultura dominante, a estos otros (ya fuese como individuo o como colectivo), se los representa como una amenaza a los principios, a la moral, a la ética, a la religión dominante, al Estado y sus instituciones, a la población, su vida y sus bienes, de tal manera que el escenario de existencia del colectivo es la negación/exclusión de los otros; como argumenta Pécaut:

La propaganda ideológica y los rumores contribuyen a la movilización de los participantes y los persuaden de la existencia de una amenaza relacionada con su propia supervivencia y con su propia identidad. La oposición «amigoenemigo» […] se orienta hacia el rechazo de un «otro radical». Criterios étnicos, religiosos o regionalistas se movilizan de esta manera para que la alteridad ni se remita a una diferencia coyuntural sino a un dato de «naturaleza». Poco importa en realidad lo que se incluya en la etiqueta del «otro» absoluto; lo que cuenta es la operación que conduce a fabricar un «nosotros» sobre un fondo de exclusión.19

La alteridad, y el rechazo que produce, genera procesos de confrontación, donde se debe hacer lo necesario para mantener a los otros, y lo que representan, lo más lejos posible. La ‘normalidad’ debe imperar, de tal manera que las personas ‘normales’ generan una serie de códigos de cohesión y homogeneidad;20 este juego simbólico entre ‘normalidad’ y diferencia ha servido de excusa para la construcción de identidad en torno de una nación, al ser identificados bajo las mismas instituciones (grupo religioso, movimiento político, modelo económico), de tal manera que pudieran mantener una diferenciación respecto a los otros, los que no pertenecen o no se adaptan a la nación y se resisten a la homogenización:

Lo que me parece fundamental de esta imaginería mítica es el hecho de que forma parte de un proceso político legitimador de las sociedades actuales. La otredad interior es una amenaza controlada, un peligro útil, una agresión aprovechable. En suma, un fluido fértil que enriquece la tierra vasta, tanto en su significado estricto de aportar fuerza de trabajo necesaria como en su sentido político más amplio de estimular la cohesión y la legitimidad.21

Al resistirse a la homogenización, los otros están en contraposición con la nación, con el Estado, y con su concepto e imaginario de ‘orden’; de tal manera, que esos otros son fácilmente enemigos de la nación y, por tanto, enemigos del Estado; son el alter ego de la cultura dominante y su escenario de existencia; ergo, el blanco ‘ilustrado’ existe debido al indio, al negro, al mulato, al mestizo, el sacerdote; debido al diabólico, la adúltera,22 el homosexual, el comunista, el militar; debido al subversivo, el terrorista, el delincuente; por lo tanto, la otredad es el escenario de posibilidad de la nación por medio de la negación de la diferencia (alteridad).

Negar la diferencia es tornarla temible y odiada; atribuir el poder del mal, que proviene de la falta de comprensión respecto al otro; temer y odiar al otro forma parte de la normalidad y, al formar parte de esa normalidad, se constituye en parte del colectivo, de la sociedad, de la modernidad, de su mercado y su consumo; por tanto, el otro es creación cultural del ‘normal’, 23 del ‘civilizado’, de sus ideologías, sus instituciones y sus modos de vida; es decir, la cultura crea su propia anti-cultura, lo que la justifica y la valida; respecto a este particular, Taussig sostiene:

Odiados y temidos, objetos de desprecio, pero también de asombro, con el malentendido como esencia física de sus cuerpos, son también, claramente, objetos de creación cultural, la pesada quilla de mal y de misterio que estabiliza ese navío y ese derrotero que son la historia de Occidente. A la guerra fría añadimos los comunistas. A la bomba de tiempo, cuyo tic tac amenaza a la familia nuclear, añadimos las feministas y los homosexuales. Los militares y la Nueva Derecha, como los conquistadores de ayer, descubren el mal que le han achacado a esos extraños, e imitan el salvajismo que les achacaron.24

Y la forma más eficaz de intervenir, controlar y dominar a la otredad es el terror, el miedo, la dominación por medio de la coerción, al entender esta coerción desde una perspectiva amplia, que trasciende la simple violencia física; la dominación política, económica, social, cultural, la negación ontológica y la violencia epistémica son elementos de terror que configuran y mantienen la alteridad del otro, lo que lo utiliza para mostrar el poder que es capaz de ejercer y se genera, así, una cultura del miedo:

Está también claro que el victimario necesita a la víctima para crear la verdad, objetivando la fantasía en el discurso del otro. Claro está que el deseo del torturador es prosaico: adquirir información, actuar de concierto con estrategias económicas a gran escala elaboradas por los maestros de las finanzas y por las exigencias de la producción. Pero existe también la necesidad de controlar poblaciones masivas, clases sociales enteras, incluso naciones, mediante la elaboración de la cultura del miedo.25

La cultura del miedo, la constante demostración de poder, por medio de los otros, de la alteridad, ha sido una constante, tanto en la formación de los Estados modernos como en los mayores y más atroces conflictos de la modernidad.

En este orden de ideas, el otro, ya en su maldad o en su exotismo, negado, infravalorado e incluido de manera excluyente, posibilita la política, la economía, la cultura, la institucionalidad y la sociedad imperantes; desde la anormalidad, desde la alteridad, el otro, quien representa “lo que no soy yo”, posibilita la articulación y conformación social, en esta sociedad de consumo, este mercado mundial, esta cultura líquida de valores universales, de negación de la diferencia, de homogenización enajenante, donde la normalidad y la verdad política, económica, social, cultural, filosófica y científica los definen quienes detentan la capacidad de ejercer el poder. En síntesis, la capacidad de ejercicio del poder determina quién detenta la ‘normalidad’, dinámica que aquí se denomina: ‘normalidad instituida’.

4. Normalidad instituida

La otredad encuentra su escenario de acción en la capacidad de ejercicio del poder;26 es decir, quien detentase la capacidad de ejercer el poder, detenta la ‘normalidad instituida’, según la representación sartreana donde el yo como sujeto ve al otro como objeto; donde “el yo es superior y el otro subordinado”27. Este ‘yo superior’ se encuentra en ‘el punto cero’:28 “Ubicarse en el punto cero equivale a tener el poder de instituir, de representar, de construir una visión sobre el mundo social y natural reconocida como legítima y avalada por el Estado.”29 En este aspecto, el ‘yo superior’ se torna el otro que caza o el otro que instaura la normalidad y genera una relación vertical de subordinación, como expone Theunissen: “El otro que caza me persigue por la espalda y me sigue desde arriba, con su mirada, y gracias a su más elevado punto de vista, mira desconsideradamente todo mi mundo y hasta mira más allá de él. Tiene un horizonte más amplio que yo.”30

El proceso de otredad-alteridad utiliza ‘paradigmas referenciales31 para demarcar y diferenciar a quien representa “lo que no soy yo”; estos paradigmas resultan del proceso de comparación con la diferencia, al ser quien detenta la capacidad de ejercer poder quien controla el paradigma y determina la normalidad instituida: vestido/desnudo, blanco/negro, capitalista/comunista, salvaje/civilizado, soldado/guerrillero, son algunos de los paradigmas referenciales de los que se vale la otredad para generar la alteridad; este proceso desvaloriza al otro y procura demostrar su inferioridad latente: “Proceso de desvalorización que se repite al darse el contacto con el “otro”, se emplea primero la comparación, para de allí establecer la diferencia y continuar con la clasificación o jerarquización dentro de una escala de valores preestablecida”.32

Michel Foucault establece la ‘medicalización’ o ‘normalización’ como el fundamento de las relaciones de poder; esta normalización o ‘normalidad instituida’ determina la jerarquía y el ‘orden social’ al valerse de las normas jurídicas, las patologías médicas, los códigos morales, de conducta y demás mecanismos institucionales de poder, en una dinámica de otredad, del capaz y el incapaz, el bueno y el malo, el sano y el enfermo, legal e ilegal, pecador y devoto, para constituir a partir de la ‘normalidad instituida’ el principal argumento del poder sobre los otros:

Con la medicalización, la normalización, se llega a crear una especie de jerarquía de individuos o menos capaces, el que obedece a una norma determinada, el que se desvía, aquel a quien se puede corregir, aquel a quien no se puede corregir, el que puede corregirse con tal o cual medio, aquel en quien hay que utilizar tal otro. Todo esto, esta especie de toma en consideración de los individuos en función de su normalidad, es, creo, uno de los grandes instrumentos de poder en la sociedad contemporánea.33

Esta normalidad instituida, o “derecho de la verdad”,34 depende de quién o quiénes ejercieran el poder institucional, de tal manera que la otredad también depende de esta situación: “Estas redes se caracterizan por una confrontación, en parte real y en parte imaginaria, entre dos polos: las fuerzas hegemónicas que representan la normalidad y la estabilidad enfrentadas a las mil caras de la otredad enemiga del orden establecido.”35 Tómese el ejemplo de la derecha-izquierda como sistemas antagónicos de gobierno; por tanto, dos egos y, a la vez, alter egos ideológicos; la otredad se remite, entonces, a los grupos que determinada ideología favorece o defiende; así, la ideología conforma la otredad, entendida como alteridad que se debe atacar para defender la normalidad; ante este particular, Ricoeur plantea:

El proceso ideológico es opaco por un doble motivo. En primer lugar, permanece oculto; a diferencia de la utopía, es inconfesable; se enmascara volviéndose denuncia contra los adversarios en el campo de la competición entre ideologías: es siempre el otro el que se sume en la ideología. Por otra parte […] tres niveles operativos del fenómeno ideológico, en función de los efectos que ejerce sobre la comprensión del mundo de la acción del hombre. Recorridos de arriba abajo, desde la superficie al interior, estos efectos son sucesivamente de distorsión de la realidad, de legitimación del sistema de poder, de integración del mundo común por medio de sistemas simbólicos inmanentes a la acción.36

En este sentido, la ideología fomenta la alteridad para justificar su existencia; tanto en un extremo como en el otro, las ideologías deben apelar a los símbolos para generar sentimientos de filiación y ‘patriotismo’ como normalidad instituida. El ‘patriota’ reconoce su filiación ideológica como universal y niega a quien es diferente: la negación de la diferencia en nombre de la ideología es el epítome de la otredad. El otro no solo es el extranjero, el comunista, el negro, el indígena, el gay, la mujer, el cristiano católico o cristiano protestante, el budista, judío o musulmán; mi propio vecino, mi propio paisano, si piensa diferente a la normalidad instituida, es alteridad; es decir, hombre blanco puede ser alteridad radical del hombre blanco. Así las cosas, la alteridad, por medio de la ideología, trasciende los límites raciales, culturales, de procedencia, de culto religioso, de capacidad adquisitiva; el carácter universalista y homogeneizador de la ideología es el fundamento de la nación y el Estado modernos; como propone Todorov: “En el interior mismo de los estados se ha aplastado la heterogeneidad en nombre de estos mismos ideales (pseudo) universales. […] El bien de hoy no es del ayer, y cada quien es bárbaro a los ojos de su vecino”.37

El poder otorga capacidad de ejecución a la otredad, siempre cambiante; este poder, genera las relaciones de subordinación en contra de quienes se considera están, o deben estar, fuera de la normalidad instituida; de igual forma, la normalidad es siempre cambiante; tanto la normalidad, como la alteridad y el poder obedecen a circunstancias concretas; por lo tanto, la normalidad depende de la capacidad de ejercicio del poder en contra de la alteridad y, así mismo, si una se modifica, se modifican las demás, al ser el poder la capacidad de institucionalizar la normalidad por múltiples mecanismos o relaciones de poder; como plantea Foucault:

yo diría que el poder no es otra cosa que cierta modificación, la forma a menudo diferente de una serie de conflictos que constituyen el cuerpo social, conflictos de tipo económico, político. El poder es, pues, algo así como la estratificación, la institucionalización, la definición de técnicas, instrumentos y armas que son útiles en todos esos conflictos. Esto es lo que puede considerarse en un momento dado como cierta relación de poder, cierto ejercicio de poder. Con tal de que sea claro que ese mismo ejercicio —en cuanto no es, a fin de cuentas, otra cosa que la fotografía instantánea de luchas múltiples y en continua transformación—, ese mismo poder, se transforma sin descanso”.38

De esta manera, existe una relación poder-normalidad, o poder-verdad,39 que determina las representaciones de los otros; esta relación articula la ideología con la capacidad de ejercer poder, lo que genera un discurso que se torna hegemónico; este discurso genera procesos de identificación o identidad social, que articulan a la normalidad instituida y, al mismo tiempo, se generan espacios y escenarios de identificación, representación, diferenciación y negación de los otros, quienes están fuera de la normalidad instituida:

Es en las relaciones de poder que emergen las identidades/diferencias como resultado de los discursos dominantes, que construyen representaciones mentales socialmente compartidas. La relación poder-verdad se manifiesta de forma preponderante en aspectos sociales, económicos y culturales, y laverdad, por ende, depende de esas formas y manifestaciones hegemónicas que permean los sistemas de representación.40

Estos discursos hegemónicos, al igual que el poder, pueden ser cambiantes y, también, se modifican al depender de las circunstancias concretas. Estos discursos o ‘normas’41 son argumentos de ‘verdad’, son verdad debido al poder; por lo tanto, se establece un ‘proceso de la institucionalización de la normalidad’, que termina en la norma, en aquella que es capacidad de ejecución del poder; la norma es justificación y legitimación tanto de la normalidad como de las formas de intervención a la anormalidad o a la alteridad:

la norma no se define en absoluto como ley natural, sino por el papel de exigencia y coerción que es capaz de ejercer con respecto a los ámbitos en que se aplica. La norma, por consiguiente, es portadora de una pretensión de poder. No es simplemente, y ni siquiera, un principio de inteligibilidad; es un elemento a partir del cual puede fundarse y legitimarse cierto ejercicio de poder.42

La otredad como argumento de poder muestra sus profundas implicaciones en el proyecto de la nación moderna, ya que alcanza su posibilidad de existencia en la diferenciación y confrontación con quien representa su contrario, su alter ego, su “lo que no soy yo”; de igual manera, la normalidad instituida se vale de variados mecanismos para fomentar la otredad/alteridad, ya fuese la ideología, las normas jurídicas, la implantación de la sociedad de consumo, la religión o su falta o simplemente el miedo y la coerción; la normalidad instituida va homogenizando mientras excluye; podría pensarse en esta expresión como un oxímoron, pero el proceso de otredad necesita de una contradicción interna para funcionar; es decir, el otro es necesario, el otro justifica la existencia del yo, de la normalidad; el otro justifica al Estado, justifica a la nación moderna, justifica a la sociedad de consumo, al mercado mundial; en síntesis, el otro le da vida al sistema mundo.

5. Representaciones de alteridad

Para el desarrollo de esta investigación, la teoría de las representaciones sociales de Serge Moscovici,43 se establece como insumo de enorme relevancia en tanto, por medio del análisis de estas representaciones construidas desde las filiaciones políticas, e impulsadas desde los medios impresos regionales, se logrará el cometido de la construcción de una Historia cultural de la violencia en Colombia en el periodo comprendido entre 1964 y 1984. En este sentido, se efectúa una revisión del concepto de representaciones sociales, sus posibilidades y limitaciones respecto al trabajo propuesto, en busca de la articulación teórico-conceptual necesaria para la consecución del objetivo general de este estudio.

Al reconocer que: “la representación social es un corpus organizado de conocimientos y una de las actividades psíquicas gracias a las cuales los hombres hacen inteligible la realidad física y social, se integran en un grupo o en una relación cotidiana de intercambio”,44 se puede inferir que las representaciones sociales favorecen la ipseidad antes que la diferencia, buscan homogeneizar; es decir, oblitera, e incluso niega, la singularidad-diversidad-diferencia; ergo, las representaciones sociales construyen estereotipos sobre ‘los otros’, en busca de la validación social en la construcción del ‘nosotros’, lo que favorece sus visiones de mundo y sus ‘normalidades’ (política, económica, cultural y social). Como lo plantean Hurtado y Lobato:

La representación, asumida como forma de conocimiento, implica una opción de interpretación, pensamiento, acción y moldeamiento de realidades sociales que adquieren significado en cuanto garantizan la interacción y las posibilidades de organización social dentro de unos límites definidos. En consecuencia, se generan tendencias a compartir estereotipos que privilegian una determinada visión del entorno social.45

En este sentido, se reconoce una cualidad negativa de las representaciones sociales, su capacidad de construir alteridades, de fabricar otros radicales, de crear, categorizar, identificar y negar a quien representa ‘lo que no soy yo’. Precisamente, esta característica da a las representaciones sociales su relevancia para este trabajo; las representaciones sobre los otros (enemigos), en la HVPC, son el material de análisis fundante y precisamente por esta razón se reconoce a la representación como un proceso de otrización y construcción de alteridad.

Al utilizar el análisis cultural y reconocer la importancia de los discursos,46 y su relación poder-verdad, se pueden develar las construcciones representacionales que se han creado e implantado a los otros. Estas representaciones de la alteridad se han articulado dentro de la cotidianidad, construidas en sus contextos específicos para lograr establecer relaciones de jerarquización y subordinación. Interiorizadas por las poblaciones, estas representaciones se tornan sociales, es decir, adquieren un carácter grupal, se convierten en formas de comprender al otro (prejuicios, categorizaciones caracterizaciones de alteridad. De esta manera, las representaciones de alteridad se naturalizan, es decir, se logra la atribución de ‘normalidad’ y ‘verdad’ (normalidad instituida), de su forma de comprender y jerarquizar al mundo. En otras palabras, las representaciones implantadas por la ‘normalidad instituida’ establecieron el dualismo del mundo entre buenos y malos, piadosos y pecadores, legal e ilegal, terrorismo y beligerancia, etc.

Estas representaciones sociales muestran ser expresiones de la racionalidad moderna, en tanto favorecen la asignación de categorizaciones de alteridad sobre los otros,47 establecen relaciones binarias de normalidad/anormalidad, construidas desde un ‘nosotros’ que busca diferenciarse de un los otros. En este sentido, las representaciones sociales, como constructo social, establecen un adentro y un afuera de la ‘normalidad’ instituida e instituyente; es decir,las representaciones sociales homogenizan al colectivo y determinan las categorías para diferenciarse de los otros, aquellos que representan la alteridad radical del ‘orden’.

Por tanto, la representación puede comprenderse como una ‘otrización’; es decir, una categorización como alteridad a la diversidad, la diferencia y la singularidad. Desde la mismidad de la homogeneidad se construyen los otros radicales. Skliar plantea que las representaciones:

parecen ser inevitable y automáticamente miradas que recorren el mundo desde adentro hacia afuera, es decir, que siguen una dirección que es propiedad de la mismidad y que, manteniendo y produciendo una cierta distancia, tiene como única mira, como blanco permanente a la alteridad. Así, la representación parece ser, ante todo, una representación del otro desde lo mismo.48

El ejercicio de representación establece un elemento fundante para este trabajo en tanto la representación social articula y alinea la diferencia en torno a la normalidad instituida; es decir, crea las alteridades para poder diferenciarse de ellas y crear un nosotros, mientras que, en su carácter de ‘anormalidad’, deben intervenirse e integrarse al ‘orden’ moderno y, por tanto, ‘objetivo’, ‘verdadero’ y ‘universal’ de las cosas. En este sentido, las representaciones pueden identificarse como las categorizaciones y caracterizaciones establecidas a los otros; es decir, su otrización, al integrarlos como posibilidad de existencia de la normalidad instituida que necesita de estos otros para justificar su existencia y su preeminencia en el mundo. De esta manera, por medio del reconocimiento e interpretación de las representaciones construidas sobre los otros, puede re-construirse su historia, al comprender cómo a los otros los han construido quienes detentan la normalidad y como estos múltiples rostros de la alteridad dan vida al mundo moderno. Esta dinámica de apropiación de lo extraño, de lo diferente, para la construcción de un colectivo homogeneizado ha sido la característica fundamental de la representación en tanto:

Si la trayectoria de la representación sale de lo mismo hasta hacer suyo lo otro, eso otro no es más que un objeto, y un objeto que ha sido siempre objetualizado en un doble sentido: en primer lugar, porque ha sido materialmente integrado en una historia y un sistema mundial que lo ha transformado y, en segundo lugar, porque su categorización está sujeta, atrapada, a la categorización del nosotros.49

Las representaciones en tanto, diferenciación respecto de los otros, se definen en una relación de poder-representación (relación poder-verdad); es decir, quien detenta la capacidad de ejercicio del poder, así mismo detenta la capacidad de representar como alteridad a los otros, de institucionalizar su normalidad como norma normata. De igual manera, las representaciones establecidas sobre los otros (alteridad) contienen categorizaciones y caracterizaciones que permiten identificación y diferenciación; en síntesis, las representaciones favorecen la construcción de alteridades en tanto:

el proceso de representación supone la consideración de una doble dimensión de análisis: la primera es la cuestión de la delegación, es decir, quién tiene el derecho de representar a quién; la segunda se refiere a la cuestión de la descripción, esto es, cómo los sujetos y los diferentes grupos sociales y culturales son presentados en las formas diversas de inscripción cultural, es decir, en los discursos y las imágenes a través de los cuales el mundo social es representado por y en la cultura.50

El carácter excluyente y discriminante de las representaciones las torna fundamentales para la elaboración de la Historia cultural de la violencia en Colombia. Reconocer las representaciones atribuidas a quienes han sido los otros es un paso en su reivindicación, ya que, al reconocer estas representaciones, pueden interpretarse las intenciones que se han tenido sobre los otros y cómo estos han justificado la existencia de quien representa. En este sentido, la representación puede comprenderse como una tecnología de poder, es decir, un mecanismo que produce un saber sobre el otro, lo categoriza y lo torna aquello que representa “lo que no soy yo”, el alter ego de la normalidad instituida y, por medio de las representaciones que le han implantado al sujeto (o colectivo), sobre el que acaece la intervención de la ‘luz de la razón’, ‘la piedad cristiana’ la ‘normalidad’ y la ‘legitima’ violencia del Estado. Por tanto, el análisis cultural-histórico de los otros se nutre de las múltiples representaciones de alteridad y, de igual manera, favorece escenarios para la construcción de historias otras, de las historias de los otros.

6. Enemigo: el otro a eliminar

La categoría de enemigo, en Colombia, es polisémica; es decir, existen tantos a quienes se les ha impuesto este calificativo, que lleva a que cualquiera fuese el enemigo, o que el enemigo de hoy no lo fuera mañana; en dinámicas cambiantes, donde los enemigos varían y se yuxtaponen o simplemente que la población colombiana (fundamentalmente la población rural) tuviera enemigos en todos los frentes.

En este sentido, se han construido ‘imágenes del enemigo’ en las cuales no solo se elaboran las conceptualizaciones y categorizaciones sobre los otros, sino se construye, también, la imagen del nosotros, de esta colectividad que se considera superior, y construye a sus enemigos para no solo mostrar su superioridad, sino para identificar, intervenir y eliminar a esos enemigos. De la guerra simbólica y del discurso se pasa a la eliminación violenta del enemigo (la guerra);51 en palabras de Blair:

la sociedad colombiana parecería haber hecho de la “imagen del enemigo” un referente de sentido. Es, en la “imagen del enemigo” (poco importa cuán distintos sean esos enemigos) donde se encuentran espacios comunes, es decir, una imagen común, un referente común entre grupos sociales diversos. La pertenencia a uno de estos grupos parece marcar no sólo la relación con el “otro”, sino su propia identidad y cohesión interna. Cada uno de ellos vuelve a definirse por la exclusión del otro. Y así, los distintos grupos construyen sus propios “universos simbólicos” (referentes, lenguajes, códigos, ritos, porejemplo: sus propios mecanismos de justicia), profundamente atomizados y en los cuales solamente subyace un espacio común: la imagen del enemigo, “la lógica homogénea de la guerra”.52

El enemigo debe ‘ser’ ‘lo que no soy yo’, debe ser la alteridad radical de un ‘orden establecido’ (normalidad instituida). La estrategia para cohesionar un colectivo en torno a la negación del otro ha sido fundamental en la construcción de nación en Colombia. La HVPC muestra que el enemigo se construye, se moviliza hacia el colectivo en su contra, y se interviene, se violenta y se elimina. Y, para utilizar a la población como instrumento de otrización, se recurre a estereotipos y categorizaciones que atribuyeran el mal a los enemigos. Se busca que la población despreciase a los otros y, de esta forma, comprendiera como algo ‘necesario’ su tratamiento por vías de la violencia y el exterminio. En muchas ocasiones, en Colombia, los motivos eran lo de menos; los estereotipos y discursos de odio, por parte de colectividades y partidos políticos,53 generaron en las comunidades dinámicas de violencia, persecución y exterminio de los enemigos, en formas que aún se presentan y se perpetúan en la realidad colombiana, como plantea Elsa Blair:

Las razones verdaderas del conflicto no son ahora claras y pierden su importancia mientras que la atención y el interés se centran sobre las características generales del adversario que son designadas cada vez más y, frecuentemente, con la ayuda de estereotipos colectivos para despreciarlo.54

Por tanto, la construcción de figuras arquetípicas a quienes se les atribuyera la alteridad y a quienes se desprecia y odia, ha sido una constante en la consolidación del proyecto de Estado-nación colombiano. En este sentido, se debe comprender que la violencia: “tiene la capacidad para objetivar o para cosificar a aquellos sobre quienes se ejerce”;55 es decir, la violencia, o el contexto de violencia, construye sus alteridades radicales, construye sus enemigos, quienes justifican su violencia y sadismo. La violencia, en la misma naturaleza de reproducirse a sí misma, también tiene la característica de dotar de sentido su contexto.

Para el desarrollo de este estudio, se utilizará la categorización del enemigo realizada por el Instituto de Estudios Regionales de la Universidad de Antioquia; en este estudio, se identifican y conceptualizan cuatro clases de enemigo: existe el enemigo aquel al que se reconoce políticamente como adversario, al que se le reivindican derechos en la lucha por el poder; este enemigo, como lo fueron las guerrillas en Colombia hasta el gobierno de Álvaro Uribe Vélez (2002-2010), tiene el carácter de enemigo político, que:

supone la existencia de otro, al cual no solo se reconoce como diferente, sino que se confronta debido a los desacuerdos y a la competencia por el poder. Sin embargo, dicha confrontación está sometida a unas reglas del juego que establecen ganadores y perdedores. La enemistad política es un componente fundamental de las democracias modernas, donde se reconoce su existencia y se establece un respeto por la condición de oponente o contrincante.56

Se debe anotar que este tipo de enemigo no se encuentra exento del cumplimiento de la ley; aunque se le diera el status de beligerancia, sus hechos son igualmente punibles, pero, así mismo, se consideran como acciones enmarcadas en una circunstancia de guerra. Se busca que la situación de conflicto con el enemigo político tuviera una solución negociada mediante acuerdos que reconozcan y reivindiquen las luchas realizadas por los grupos armados y realicen los procesos de reparación, reconciliación y no repetición, como en la actualidad se efectúa en Colombia.57 Por tanto, los enemigos políticos tienen, por su caracterización, la posibilidad de expresión, la capacidad de tener voz, aunque fuesen considerados enemigos o rivales. En este sentido, el status de enemigo político brinda las condiciones para la solución de los conflictos, al permitir el acto de comunicación; como plantea Luisa Guarnica:

Quien entra en diálogo con el Estado cuenta con canales más asequibles de divulgación de su producción discursiva. Los gobiernos asumen una especie de arbitraje, un rol en el que son a la vez juez y parte y tienen la capacidad de decidir si se entablan diálogos o no, y sobre todo con quién se dialoga. En los momentos en que la política de paz se orienta a la ofensiva militar, el discurso de los actores ilegales (guerrillas y paramilitares) se difumina, se dificulta su difusión y producción. Por el contrario, en momentos de diálogo la voz de los actores ilegales es recogida y difundida por los medios masivos de comunicación, incluso estos actores adquieren forma, se presentan rostros, nombres, nuevos calificativos, etc., se les otorga otro lugar, uno en el que se reconoce que existen y que poseen un discurso.58

De esta manera, al reconocer la existencia política del adversario, se reconoce, así mismo, su capacidad de participación, así como su potencial como co-constructor de la realidad social. En esta relación, la alteridad favorece escenarios de diálogo de saberes y la construcción colectiva de posibilidades de puntos de encuentro, así como reconocimiento de los elementos distanciadores; es decir, el reconocimiento de la igualdad como adversarios, pero se conserva la singularidad-diversidad-diferencia que los torna alteridad radical (enemigos).

El otro extremo en la relación con los adversarios es la construcción del enemigo absoluto, el enemigo que se construye sin la menor intención de conocimiento o reconocimiento; es el enemigo que existe al margen opuesto de la ‘normalidad’ y representa la alteridad radical, el caos, lo diametralmente opuesto, lo peor dentro de la clasificación de características de la ‘normalidad’. En este sentido:

No hay sedimentación, no hay conocimiento. Mi relación con ese otro depende de la imagen, del tipo, de la metáfora que se ha forjado y en la cual se inserta. Ese otro, incluso, no es humano del todo, ya que está más allá de la clasificación, pertenece al reino de la ambigüedad y del caos.59

A este tipo de enemigo se lo despoja o simplemente no merece las características de un enemigo político; su existencia se encuentra en contra del ‘orden’ de las cosas; plantea un peligro, una constante amenaza, su existencia genera zozobra. Por tanto, a este enemigo absoluto se lo despoja de su humanidad, de ese rasgo que lo torna proclive al diálogo y a la posibilidad de pensamiento y construcción. Por esta razón, este enemigo es aquel a eliminar, a destruir, a aniquilar; al perder su humanidad, todas las atrocidades que pudieran infligirse se justifican. Y la palabra ya no es un recurso válido para entablar la relación con estos seres:

el enemigo absoluto se presenta como desligado de su humanidad, por lo tanto no se reconoce ningún límite moral ni racional que actúe como barrera para impedir o poner en cuestión internamente la decisión de aniquilarlo. La maniobra discursiva que consiste en adjudicarle al enemigo una identidad animal o cosificarlo, tiene como objetivo distanciarlo del género humano y facilita psicológicamente que se le pueda cazar, capturar, descuartizar, criminalizar, torturar o matar, sin el más mínimo remordimiento ni compasión y sin el sentimiento de estarle desconociendo ningún derecho.60

Para construir un nosotros, deben existir los otros. En este sentido, existe un “enemigo necesario, en tanto se inscribe en la relación con el otro considerado diferente, es indispensable para la afirmación de sí mismo y mantener una estructura cohesionada”.61 Por tanto, el enemigo es fundamental en la autoafirmación, en la caracterización como ‘normalidad’; es decir, para detentar la ‘normalidad’ es necesario construir la ‘anormalidad’; para mostrar que se es portador de la ‘verdad’ y justificar las acciones, es necesario construir al enemigo, al otro convertido en alteridad radical, aquel que representa ‘lo que no soy yo’, y, por tanto, debe intervenirse o incluso eliminarse. Así, el enemigo es una suerte de no-alguien, del que todo se puede esperar y muy poco se sabe; un ser que co-existe, pero es indescifrable. Sobre el particular, Castillejo expone: “El enemigo es distante, nos planeta inquietudes, es una categoría “impredecible”: no se puede hablar de su acción antes de su acción; antes de ella misma, es sólo un contemporáneo.”62 La relación con el enemigo es inestable, es incierta, pero este ‘extraño’ es necesario para justificar las manifestaciones de violencia infligidas hacia él; es decir, el otro (el enemigo), por su propia existencia, justifica la violencia en su contra.

Además de la construcción del enemigo, también puede plantearse la ‘invención conveniente’ de los enemigos. En este sentido, puede categorizarse como enemigo a alguien solo para fines de demostraciones de poder, ejercer control o generar escenarios de desterritorialización y despojo. Este ‘enemigo’ no representa alteridad; simplemente es débil y la violencia que produce terror lleva a que las personas acataran la voluntad de los grupos armados, fuesen sus bases sociales de apoyo, trabajasen en sus dinámicas criminales o sencillamente se desplazaran. Así las cosas, el enemigo contingente puede ser cualquiera; si puede resultar útil a los propósitos de los grupos armados, este enemigo se inventa, se interviene, se elimina, con cualquier práctica necesaria para mostrar el poderío que se es capaz de ejercer y detentar. Así, el

enemigo contingente, puede venir a ser ocupado por cualquiera que, por distintas circunstancias coyunturales, ofrezca rendimientos favorables, por ejemplo, para dar escarmiento, recordar quién es el que manda, producir miedo, generar zozobra, dar a entender que hay gente que estorba o se presta para que el enemigo declarado necesario se camufle.63

De esta forma, se procura mostrar que la relación de enemistad es un asunto profundo y complejo; el enemigo no es alguien que simplemente aparece y con quien se sostiene una contienda. El enemigo se establece como una construcción social, una construcción orientada hacia los otros, a quienes se les atribuye la alteridad radical; por medio de la atribución de representaciones y categorías, el otro se dota de sentido como lo contrario, lo maligno, lo erróneo, lo anormal, con lo que se detenta, así mismo, el monopolio del bien y, por esta razón, se justifica el ejercicio de la violencia contra estos seres liminares, diferentes y contrarios.

7. El papel de la prensa en la política y la economía política del odio

El material de prensa, así como los medios de comunicación, posee una fuerte significación política; en este sentido, los medios de comunicación tienen la capacidad de influir en la vida socio-política de las comunidades y sus territorios. En el caso particular de la prensa escrita o periódico, debe comprenderse su calidad de actor político, cuando logra influir en las poblaciones, incentivar las pasiones, y sus sentimientos, y la capacidad de ejercer un poder en tanto constructor de alteridades, debido a la capacidad de caracterizar a quienes fuesen sus otros; es decir, quienes tuvieran una filiación política diferente. Sobre el particular, Borrat establece:

Si por actor político se entiende todo actor colectivo o individual capaz de afectar el proceso de toma de decisiones en el sistema político, el periódico independiente de información general ha de ser considerado como un verdadero actor político. Su ámbito de actuación es el de la influencia, no el de la conquista del poder institucional o la permanencia en él. El periódico pone en acción su capacidad para afectar el comportamiento de ciertos actores en un sentido favorable a sus propios intereses: influye sobre el gobierno, pero también sobre los partidos políticos, los grupos de interés, los movimientos sociales, los componentes de su audiencia. Y al mismo tiempo que ejerce su influencia, es objeto de la influencia de los otros, que alcanza una carga de coerción decisiva cuando esos otros son los titulares del poder político.64

En Colombia, y particularmente en el periodo planteado para el desarrollo de este trabajo (1964-1984), la prensa se estableció como el mass media por excelencia en el territorio colombiano asolado por la violencia; la población rural no tenía la posibilidad de acceder a la televisión, que ha existido desde 1954 en Colombia, pero, en un contexto rural, donde la precariedad es la regla, la televisión era un lujo inaccesible. Por tanto, la población recurría a alternativas para conocer la realidad del país, fundamentalmente la radio y el material de prensa escrito. Y era la prensa el medio informativo que permitía obtener información fiable de lo que sucedía fuera de las localidades, de las comunidades y sus territorios. Y, así mismo, debido a los diarios las personas obtenían las últimas directrices por parte de sus partidos políticos. Por tanto, el diario, en Colombia, ha tenido un papel de enorme trascendencia en las representaciones políticas de las comunidades, al articular, homogeneizar y construir un nosotros diferenciado de los otros, a causa del lenguaje.

El lenguaje es ese: “eje de pervivencia histórica […] el que le da sentido y significación a la nación, lo que la hace imaginable y contribuye a moldear los sentidos comunes, las prácticas sociales, los referentes culturales y las intersubjetividades o formas de relacionarse entre sí de los miembros que la conforman.”65 De esta manera, los medios de comunicación, y particularmente la prensa escrita, como lenguaje y discurso permeado políticamente, construyen historia, homogenizan colectivos por medio de la identidad y la identificación, por medio de la identidad del nosotros y la identificación de los otros. En este sentido, resulta sencillo identificar a diarios con partidos y, así mismo, reconocer sus usos del lenguaje para la construcción de otros, para la negación de las alteridades radicales; es decir, los enemigos. Sobre el carácter partidista de los diarios en Colombia, Enrique Santos Calderón plantea:

Los grandes diarios colombianos […] en su panorama de la historia del periodismo entre 1886 y 1986 —los nacionales y regionales, los grandes y los pequeños— mantienen una filiación político-partidista denominada, y casi sin excepción, se declaran como liberales o conservadores. Aún hoy no se encuentra un diario colombiano de influencia que no se atribuya la condición de depositario de la doctrina liberal o conservadora y que no asuma esta función como ingrediente importante de su labor informativa. Se trata en realidad de una característica sui generis de la prensa en Colombia. No se observa en otros países de América Latina, en donde los periódicos, si bien adoptan posiciones combativas en lo político e ideológico, generalmente no asumen con tanto énfasis lealtades partidistas ni se sienten tan vinculados, histórica, emocional e intelectualmente con la trayectoria de sus partidos políticos… Se trata, pues, de un rasgo distintivo de nuestro periodismo, que lo marca desde el siglo pasado, que sigue vigente hoy y que incide sobre su conducta informativa.66

Esta capacidad de convocatoria y movilización de masas, que poseen los medios, puede aprovecharse para construir representaciones de maldad, de alteridad radical frente al otro, al constituirlo simbólicamente como el enemigo, quien representa todo lo que ‘yo’ (nosotros – normalidad instituida) no represento y, por tanto, debe intervenirse, negarse o sencillamente perseguirse y eliminarse. De esta forma, dotar al otro de sentido, es decir, categorizarlo de maldad y capacidad de destrucción de todo lo que representa el propio partido, es una estrategia; lograr que se odie al otro lleva a que la población siguiera las orientaciones para evitar al otro la posibilidad de participar en el escenario político; o lograr el odio, para que la población o la nación justifiquen y validen las violencias lanzadas en contra de los enemigos. Estas estrategias utilizan los medios de comunicación y generando, así, una economía política del odio.67 Sobre el particular, Leonel Narváez señala:

Vender odio para ganar votos y poder político, es una estrategia hábil para cautivar masas, que informadas superficialmente sobre los orígenes de los conflictos por un tipo de memoria histórica distorsionada, son susceptibles a la manipulación emocional e ideológica mediante la atribución de las crisis sociales a chivos expiatorios, que en la historia de los conflictos sociales, políticos, étnicos, económicos, religiosos, han llegado a construir hitos históricos de violación de los derechos y de la dignidad, en la versión que los manipuladores del odio realizan.68

Se establece, así, una dinámica particularmente marcada en el periodo planteado para esta investigación: los diarios construían su nosotros, su visión de mundo, por medio de la identificación, categorización, otrización y representación de los otros; desde su filiación partidista, buscaban movilizar a la población, ya fuese al guiarlos a las urnas o incluso incitar o buscar justificación y validación a los actos de violencia perpetrados en contra de sus alteridades, que se deben detener, ya que estos otros, por su existencia, por su diferencia, son los culpables de todo lo malo que sucede. Como consecuencia, los diarios, dentro de la búsqueda de sus ideales políticos, han derivado en la reproducción de escenarios de violencias. Esta práctica ha sido particularmente significativa en Colombia, ya que:

Una vez la economía política del odio, generada desde las élites (políticas, sociales, económicas, religiosas) se fortalece, se fortalece también la cultura de la venganza, que apropian fácilmente las bases sociales y lo peor… lo multiplican en sus ambientes. Así se ha constituido el caldo de cultivo ideal para la multiplicación de las violencias y la justificación de ejércitos, cárceles y otras formas de violencia.69

Se puede plantear que, en Colombia, en el periodo de 1964-1984, los medios de prensa impresa han participado dentro de la dinámica de la economía política del odio. Se busca mostrar cómo los medios de prensa han contribuido a construir representaciones sociales sobre los otros, cómo los medios han influido en las comunidades para lograr que determinado partido o postura política (en esta dinámica han incurrido tanto los partidos tradicionales como la izquierda socialista), lograse poder político, victorias electorales y la justificación y validación de la violencia.

La Figura 1 ilustra el funcionamiento de la economía política del odio, su oferta, demanda, distribución y consumo, y como se utilizan para la construcción de alteridades radicales (enemigos).

Figura 1. Economía política del odio.

Fuente y ampliación de Leonel Narváez (2017).70

Desde la perspectiva de la ‘economía política del odio’, los medios de comunicación en Colombia han hecho las veces de reproductores de la razón política que representan; es decir, reproducir las categorizaciones, estereotipos, prejuicios y animadversiones construidas sobre los otros. Como consecuencia, los medios han servido para dotar de sentido a los enemigos, a los otros, a aquellos que justifican la existencia del “nosotros” al diferenciarse de “los otros”, cuando urden representaciones sociales que aglutinan lo malvado, lo anormal o subnormal, lo subversivo, lo maligno, ateo, terrorista, comunista y que atentase contra la vida, honra y bienes, desde la ortodoxia de los partidos tradicionales.


CONCLUSIÓN

Como resultado central de investigación, se pretende mostrar cómo se construyeron representaciones de alteridad; es decir, la construcción de alteridades radicales (otros), cargados de sentidos y símbolos de maldad, que sirvieron como elementos homogeneizadores de la sociedad, y cómo las representaciones construidas sirvieron como justificación para la persecución y eliminación del enemigo; o sea, como justificación y posible explicación de la violencia en Colombia. En este sentido, estos resultados pretenden demostrar:

El trabajo propuesto busca ofrecer una perspectiva diversa de la guerra y la violencia en el país, ya que busca reconocer cómo cada actor de la guerra crea, categoriza y dota de sentido a sus alteridades radicales. Así mismo, se busca establecer al material de prensa como actor de la violencia; desde su filiación política (fuese la que fuere), estos medios han coadyuvado a crear alteridades o enemigos, cuando justifican accionares y denuncian otros; así, la prensa, así como cualquier material escrito, nunca podrá separarse radicalmente de los senti-pensares de su autor y muestra una dimensión profundamente humana de los medios que, al parecer, siempre tendrán un bando o mostrarán simpatía por alguna filiación política.


NOTAS A PIE DE PÁGINA

1. El artículo es resultado del proyecto de investigación doctoral Historia cultural de la guerra en Colombia 1964-1984 del programa de Doctorado en Historia y Estudios Humanísticos de la Universidad Pablo de Olavide, España.

2. Doctorando en Historia y Estudios Humanísticos de la Universidad Pablo de Olavide, España. Grupo de Investigación COVIMERE -Cotidianidad, violencia, memoria y reparación- Universidad de Caldas. Línea de investigación Historia y Memoria, Sociedad, Cultura y Economía Colonial y Republicana en la Historia de América Latina. Correo electrónico: viktor.duke.ramirez@gmail. com. Código ORCID: https://orcid.org/0000-0003-2006-491X

3. Respecto del método archivístico, Mendo plantea: “La metodología archivística se fundamenta en sus dos principios básicos: el principio de procedencia formulado en el siglo XIX y el ciclo vital del documento que se consolida en el XX; y consiste en el método analítico que permite conocer la institución productora del fondo y los documentos generados por ella y es el denominado procedimiento de identificación, soporte de todo el tratamiento archivístico.” Concepción Mendo, “Consideraciones sobre el método en Archivística”. Documenta & instrumenta. No. 1 (2004), 36.

4. Mendo, “Consideraciones sobre el método en Archivística, 36.

5. En el método archivístico, se reconocen tres edades de los documentos: Primera edad: se corresponde con la circulación y tramitación de los asuntos iniciados. Los documentos forman parte de los archivos de gestión y son de uso frecuente. Segunda edad: los documentos, o el expediente referente a un asunto, deben conservarse como objeto de consulta o antecedente, de manera poco frecuente. Es la fase de archivo intermedio, en la que el valor primario decrece en la misma proporción en que aumenta el valor secundario. Tercera edad: el documento adquiere valor permanente, de manera que su uso se derivará de su valor cultural o de investigación. Su conservación será definitiva. Mendo, Consideraciones sobre el método en Archivística, 39-40.

6. Agustín Vivas Moreno, “Clasificación de fondos documentales de archivos históricos universitarios: el modelo del Archivo Histórico de la Universidad de Salamanca”, Cuadernos de documentación multimedia. No. 10 (2000), 294.

7. No puede afirmarse que las representaciones ‘determinan’ los devenires culturales, al tener en cuenta que en las comunidades existen procesos de resistencia a la homogeneización cultural

8. Peter Burke y José Carazo, “La nueva historia socio-cultural”. Historia social. No. 17 (1993), 106.

9. Yobenj Chicangana-Bayona y Garzón, Liliana Cortés, “Peter Burke y la nueva historia cultural”. En: Peter Burke: Debates y perspectivas de la nueva historia cultural (Bogotá: Universidad Nacional, 2011), 9.

10. En este estudio, se propone la premisa de que las representaciones sociales dominantes (normalidad instituida) se encuentran fuertemente permeadas e incluso determinadas por quien o quienes detentan la capacidad de ejercicio del poder y, por tanto, detentan la verdad y la capacidad de representar y categorizar a los otros.

11. Burke y Carazo, “La nueva historia socio-cultural”, 110.

12. Peter Burke, ¿Qué es la historia cultural? (Barcelona: Paidós, 2006), 132.

13. Jorge Larrosa define este concepto como “principio de alteridad”, la relación con “lo radicalmente otro”; lo “«Que no soy yo» significa que es «otra cosa que yo», otra cosa que lo que yo digo, lo que yo sé, lo que yo siento, lo que yo pienso lo que yo anticipo, lo que yo puedo, lo que yo quiero”. Jorge Larrosa, “Experiencia y Alteridad en educación”. En: Experiencia y alteridad en educación, editado por Carlos Skliar y Jorge Larrosa (Buenos Aires: Homo Sapiens/Flacso, 2011), 14-15.

14. Roger Bartra, Territorios del terror y la otredad (Buenos Aires: Fondo de cultura económica, 2013), 13.

15. Alejandro Castillejo, Poética de lo otro: hacia una antropología de la guerra, la soledad y el exilio interno en Colombia (Bogotá: Ediciones Uniandes, 2016), 130-131.

16. Bartra, “Territorios del terror y la otredad”, 15.

17. Gonzalo Sánchez, Guerras memoria e historia (Bogotá: La carreta, 2006), 37. El énfasis se añade.

18. Sobre el particular, Skliar plantea: “¿sabemos por acaso qué somos «nosotros»? ¿Tenemos alguna idea, por más pequeña que sea, sobre qué quiere decir «nosotros»? ¿Qué exorcismos, qué sortilegios, qué masacres, qué brujerías realizamos cada vez que pronunciamos ese «nosotros»?” “«Nosotros»: el arma de la lengua y del cuerpo que esgrimimos para, sin amorosidad alguna, defendernos de los otros. ¿En defensa propia?”. Carlos Skliar, “Fragmentos de experiencia y alteridad”. En: Experiencia y alteridad en educación, 147.

19. Daniel Pécaut, La experiencia de la violencia: Los desafíos del relato y la memoria (Medellín: La Carreta Editores, 2013), 144.

20. La homogeneidad puede entenderse como un dispositivo de exclusión, en tanto: “la obsesión por el otro encuentre en la hostilidad la imagen más transparente. Una suerte de condición a la relación: «a partir de ahora, a partir de aquí, deberás ser como yo soy, como nosotros somos». Por eso, la hostilidad hacia el otro […] es una condición de la homogeneidad más despótica”. Skliar, “Fragmentos de experiencia y alteridad”, 151

21. Bartra,“Territorios del terror y la otredad”, 50

22. El adulterio como comportamiento pecaminoso fue y sigue siendo una infracción a la normalidad particularmente atribuida a las mujeres dentro de una racionalidad patriarcal-colonial-moderna-machista.

23. Sobre la creación del otro como alteridad radical, Skliar plantea: “en este caso el otro no es el otro sino como su alterización, es decir, como un producto de un cierto orden mundial que ha localizado a un sujeto cognoscente absoluto en un lugar coincidente o no con el de los centros económicos y sociales.” Carlos Skliar, ¿Y si el otro no estuviera ahí? Notas para una pedagogía (improbable) de la diferencia. (Buenos Aires: Miño y Dávila, 2002), 54.

24. Michael Taussig, Chamanismo, colonialismo y el hombre salvaje. Un estudio sobre el terror y la curación. (Popayán: Universidad del Cauca, 2012), 38.

25. Taussig, “Chamanismo, colonialismo y el hombre salvaje”, 36-37.

26. Se entiende el poder como la capacidad de decisión sobre la vida de los otros, no como una posesión o cosa tangible. Este poder es pluridimensional en tanto: “no se conciba como una propiedad, sino como una estrategia, que sus efectos de dominación no sean atribuidos a una “apropiación”, sino a disposiciones, a maniobras, a tácticas, a técnicas, a funcionamientos; que se descifre en él una red de relaciones siempre tensas, siempre en actividad, más que un privilegio que se podría detentar; que se le dé como modelo la batalla perpetua más que el contrato que opera un traspaso o la conquista que se apodera de un territorio. Hay que admitir, en suma, que este poder se ejerce más que se posee, que no es el “privilegio” adquirido o conservado de la clase dominante sino el efecto de conjunto de sus posiciones estratégicas, efecto que manifiesta, y a veces acompaña, la posición de aquellos que son dominados. Este poder, por otra parte, no se aplica a quienes “no lo tienen” pura y simplemente como una obligación o una prohibición; los invade, pasa por ellos y a través de ellos; se apoya sobre ellos, del mismo modo que ellos mismos, en su lucha contra él, se apoyan a su vez en el lugar de presas que ejerce sobre ellos.” Michel Foucault, Vigilar y castigar. Nacimiento de la prisión. (Buenos Aires: Siglo XXI, 2009), 36. Esta conceptualización sobre el poder es fundamental debido a la profundidad de su alcance. Así las cosas, la capacidad de instituir la normalidad depende de la capacidad de ejercicio del poder sobre los otros.

27. Jean-Paul Sartre y Juan Valmar, El ser y la nada (Barcelona: Altaya, 1993).

28. Ubicarse en el punto cero garantiza la negación de la diferencia ontológica y epistémica, al establecerse en un escenario de superioridad que presume el monopolio de la ‘verdad’: “Comenzar todo de nuevo significa tener el poder de nombrar por primera vez el mundo; de trazar fronteras para establecer cuáles conocimientos son legítimos y cuáles son ilegítimos, definiendo además cuáles comportamientos son normales y cuáles patológicos. Por ello, el punto cero es el del comienzo epistemológico absoluto, pero también el del control económico y social sobre el mundo.” Santiago Castro-Gómez, La Hybris del punto cero. Ciencia, raza e ilustración en la Nueva Granada (1750-1816) (Bogotá: Pontificia Universidad Javeriana, 2010), 25.

29. Castro-Gómez, “La Hybris del punto cero”, 25.

30. Michael Theunissen, El otro. Estudios sobre la ontología social contemporánea. (México: Fondo de Cultura Económica, 2013), 245.

31. Francisco Theodosiadis, Alteridad ¿La (des)construcción del otro? Yo como objeto del sujeto que veo como objeto (Bogotá: Magisterio, 2007).

32. Theodosiadis, “Alteridad ¿La (des)construcción del otro?”, 43.

33. Michel Foucault, El poder, una bestia magnífica. Sobre el poder, la prisión y la vida (Buenos Aires: Siglo XXI, 2012), 36-37.

34. Michel Foucault, Nacimiento de la biopolítica. Curso en el Collège de France (1978-1979) (Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica, 2010).

35. Bartra, “Territorios del terror y la otredad”, 45.

36. Paul Ricoeur, La memoria, la historia, el olvido (Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica, 2013), 112.

37. Tzvetan Todorov, Nosotros y los otros. Reflexión sobre la diversidad humana (México: Siglo XXI, 2013), 435. El énfasis se añade.

38. Foucault, “El poder, una bestia magnífica”, 120-121.

39. La capacidad de monopolizar la ‘verdad’ depende de la capacidad de ejercicio del poder; es decir, poder y verdad se encuentran en relación de interdependencia en tanto el poder produce saber y este saber se establece como ‘verdad’; en palabras de Foucault: “el poder produce saber (y no simplemente favoreciéndolo porque le sirva o aplicándolo porque sea útil); que poder y saber se implican directamente el uno al otro; que no existe relación de poder sin constitución correlativa de un campo de saber, ni de saber que no suponga y no constituya al mismo tiempo relaciones de poder. Estas relaciones de “poder-saber” [poder-verdad] no pueden analizarse a partir de un sujeto de conocimiento que sería libre o no en relación con el sistema de poder, sino que hay que considerar, por el contrario, que el sujeto que conoce, los objetos que conoce y las modalidades de conocimiento son otros tantos efectos de esas implicaciones fundamentales del poder-saber y de sus transformaciones históricas. En suma, no es la actividad del sujeto de conocimiento lo que produciría un saber, útil o renuente al poder, sino que el poder-saber, los procesos y las luchas que lo atraviesan y que lo constituyen, son los que determinan las formas y los dominios posibles del conocimiento.” Foucault, Vigilar y castigar, 37. De esta manera, el saber hecho ‘verdad’ se establece como ‘normalidad instituida’.

40. Carlos Yáñez (dir.), Identidades y alteridades en Colombia. Su construcción discursiva a través de la historia. (Bogotá: Universidad Nacional de Colombia, 2012), 10.

41. Las normas, entendidas como herramientas de la normalidad instituida y su relación poder-verdad, permiten la naturalización de las categorizaciones de normalidad-anormalidad, tanto en el aspecto individual como colectivo: “La norma es lo que puede aplicarse tanto a un cuerpo al que se quiere disciplinar como a una población a la que se pretende regularizar.” Michel Foucault, Defender la sociedad. Curso en el Collège de France (1975-1976) (Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica, 2008), 228-229.

42. Michel Foucault, Los anormales. Curso en el Collège de France (1974-1975) (Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica, 2011), 57.

43. Serge Moscovici, El Psicoanálisis, su imagen y su público (Buenos Aires: Editorial Huemul, 1979).

44. Moscovici, El Psicoanálisis, su imagen y su público, 18.

45. Guido Hurtado y Luis Lobato, Representaciones e imaginarios sobre la violencia colombiana en la prensa nacional (1990-2004) (Cali: Universidad Autónoma de Occidente, 2009), 44.

46. En cuanto a referentes teóricos, para este trabajo es fundamental el aporte del pos-estructuralismo en tanto la construcción de representaciones en torno a los otros se han desarrollado por medio de discursos de diferenciación, identificación, diferenciación y negación de la diversidad. Según Escobar, en el pos-estructuralismo: “Su premisa fundamental es que el lenguaje y la significación son constitutivos de la realidad. Es a través del lenguaje y el discurso que la realidad llega a constituirse como tal.” Arturo Escobar, El final del salvaje: naturaleza, cultura y política en la antropología contemporánea. (Bogotá: Cerec, 1999), 21.

47. “Para Moscovici la representación –que debería ser siempre social, aunque difusa e inestable– carga consigo una serie de dificultades analíticas: la primera de ellas se refiere a la fenomenología de aquello que se denomina como el otro, ese otro que generalmente es considerado como un alter ego que no deja de ser un yo dislocado para un individuo diferente. La segunda dificultad estaría relacionada con la especificidad de las relaciones intersubjetivas con el otro, en el sentido que ese otro tal vez esté ausente o invisible, es decir, negado como tal: es el yo el que se proyecta y, también, el que ocupa el espacio vacío. La tercera y última dificultad se refiere a nuestra propia percepción del otro, percepciones generalmente ‘erróneas’, ‘distorsionadas’, intentos de enmascaramiento, etc.” Skliar,“¿Y si el otro no estuviera ahí? Notas para una pedagogía (improbable) de la diferencia”, 53-54. Estas dificultades analíticas se convierten en horizontes interpretativos sobre las representaciones creadas sobre los otros y su construcción como alteridad radical.

48. Skliar, “¿Y si el otro no estuviera ahí?”, 54.

49. Skliar, “¿Y si el otro no estuviera ahí?”, 54.

50. Skliar, “¿Y si el otro no estuviera ahí?”, 55

51. La construcción del otro como alteridad (construcción del enemigo) es el primer paso para la conformación de escenarios de guerra; así: “la “imagen del enemigo” con la que se perciben unos a otros, no se agota en el “juego de imágenes y contra imágenes”, aunque ellas persigan a los adversarios como mauvais esprits. Por el contrario, ella le imprime al conflicto su propia dinámica, pero, sobre todo, le marca el rumbo a la confrontación.” Elsa Blair, “La imagen del enemigo ¿un nuevo imaginario social?”. Estudios políticos. No. 6, (1995), 61.

52. Blair, “La imagen del enemigo ¿un nuevo imaginario social?”, 60.

53. Particularmente diciente de este aspecto es la categoría histórica conocida como La Violencia en Colombia, 1945-1965. En esta dinámica de violencia, la construcción del enemigo se realizaba por medio de la filiación bipartidista y la violencia se infligía indiscriminadamente en contra de quienes fueran godos o cachiporros, aunque no se comprendiese que significaba adoptar o hacer parte de una de las dos filiaciones. Sobre el particular, véase: Gonzalo Sánchez y Donny Meertens, Bandoleros gamonales y campesinos. El caso de la Violencia en Colombia, Bogotá: Penguin Random House, 2011; Alfredo Molano, Los años del tropel. Crónicas de la Violencia, Bogotá: Penguin Random House, 2013.

54. Blair, “La imagen del enemigo ¿un nuevo imaginario social?”, 62. Énfasis de la autora.

55. Elsa Blair, “Violencia e identidad”, Estudios políticos. No. 13, (1998), 141.

56. Pablo Angarita et al., La construcción del enemigo en el conflicto armado colombiano 1998-2010 (Medellín: Universidad de Antioquia, 2016), 12.

57. El Proceso de paz, iniciado por Juan Manuel Santos, en el que la agrupación guerrillera FARC-EP se compromete a la dejación de las armas, la reparación y la reconciliación con las víctimas, así como el compromiso gubernamental por brindar las garantías de participación política a integrantes de esta colectividad.

58. Luisa Salamanca Garnica “Entre balas y palabras. Relaciones discursivas en torno al conflicto armado colombiano.” Pensamiento Jurídico. No. 19 (2007).

59. Castillejo, Alejandro, Poética de lo otro: hacia una antropología de la guerra, la soledad y el exilio interno en Colombia. (Bogotá: Ediciones Uniandes, 2016), 132.

60. Angarita et al., “La construcción del enemigo en el conflicto armado colombiano 1998-2010”,12-13.

61. Angarita et al., “La construcción del enemigo en el conflicto armado colombiano 1998-2010”,15.

62. Castillejo, “Poética de lo otro”, 135.

63. Angarita et al., “La construcción del enemigo en el conflicto armado colombiano 1998-2010”, 15. En este sentido, el enemigo contingente puede comprenderse dentro de categorizaciones como “base social de las guerrillas”, tan ampliamente utilizado por las agrupaciones paramilitares para justificar sus prácticas.

64. Héctor Borrat, “El periódico, actor del sistema político”, Anàlisi: Quaderns de comunicació i cultura. No. 12 (1989), 67.

65. María Teresa Uribe, “Las palabras de la guerra”, Estudios Políticos. No. 25 (2004), 13.

66. Citado en: Jesús Martín-Barbero y Germán Rey, “El periodismo en Colombia de los oficios y los medios”, Signo y pensamiento, vol. 16. No. 30 (1997), 14.

67. Véase Eduard Glaeser, “The Political Economy of Hatred”, National Bureau of Economic Research, 60.

68. Leonel Narváez, “Entre economía política del odio y cultura ciudadana de perdón”, en Fundación para la reconciliación, ¿Venganza o perdón? Un camino hacia la reconciliación (Bogotá: Planeta, 2017), 45.

69. Narváez, “Entre economía política del odio y cultura ciudadana de perdón”, 46.

70. Se complementa la versión de Narváez con la homogeneización por medio de la diferenciación respecto al ‘enemigo’. El consumo del odio por parte de la población lleva a que reprodujeran y alimentaran las representaciones construidas sobre los otros a través de los medios de comunicación, lo que genera dinámicas de diferenciación y categorización de alteridad, que justifican, así mismo, la(s) violencia(s) sobre los enemigos.


REFERENCIAS

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