PRESENTACIÓN

 “El caminante disfruta del mejor y más delicado de los placeres, porque además de saborear sabe de lo pasajero de todas las alegrías. No se queda largo tiempo mirando lo ya perdido, ni ansía echar raíces en el lugar donde una vez estuvo a gusto. Hay viajeros por placer que van año tras año al mismo lugar, y muchos que no pueden despedirse de un bello paisaje sin antes tomar la decisión de volver muy pronto. Buena gente podrán ser, pero no buenos caminantes. Tienen algo de la roma embriaguez de los amantes y algo de ese afán coleccionista de las muchachas que recogen la flor de tilo. Pero afán de caminante no tienen, ese afán callado, serio y alegre al mismo tiempo, siempre diciendo adiós”. HERMANN HESSE

Un día cualquiera del mes de junio de 1981, un amigo y gran lector, me invitó a una de las clases de un joven escritor que trabajaba con el programa Extramuros de la Universidad del Tolima, impartiendo conocimientos a profesores del municipio de Chaparral. Como mi amigo insistió en que era alguien realmente interesado en el arte y la cultura, a quien valía la pena conocer, acudimos a la Escuela “Gabriela Mistral” donde se encontraba. Personalmente lo hice con gran expectativa, viendo una oportunidad para aprender, reconociendo que mi vocación fundamental era la literatura, que en los estudios del bachillerato desafortunadamente no encontré la orientación necesaria para ir consolidando mi afición y formación. A mis lecturas, aunque regulares, les hacía falta desarrollarse con una perspectiva histórica estructurada. La noche apenas comenzaba y recuerdo que Javier Rodrizales en su clase hizo énfasis en que Platón había expulsado a los poetas de La República. Tiempo después leyendo el libro Abaddón el Exterminador de Ernesto Sábato, encontré esta expresión “…Sócrates inventó la razón porque era un insensato y Platón repudió el arte porque era un poeta”. Más tarde hablamos de literatura. Le leí uno de mis poemas. Rodrizales dijo que encontraba cierta fluidez y algún signo de que no era lo primero que escribía.

Al siguiente día del encuentro estuve en el Instituto “Soledad Medina” donde Rodrizales trabajaba como profesor de tiempo completo. En esa ocasión, en un mimeógrafo se elaboró el primer folleto que publicamos, que aún no se llamaba plegable o revista “Allanahuanga”, sino “Nueva Poesía”. Estuvo también Rubén Piedrahita Llanos, con quien compartíamos el amor por la literatura y habíamos cursado un año de estudios en la misma institución. En el año 1976, el profesor Orlando Arévalo había creado el Concurso Municipal de Teatro y Declamación en el mencionado plantel educativo. Con la llegada de Rodrizales, el impulso del Taller de Escritores “Allanahuanga” y el entusiasmo de estudiantes y profesores, el evento alcanzó nuevas dimensiones y pasó a llamarse “Festival Departamental de Teatro, Poesía y Cuento”, contando con la participación de poetas, narradores y grupos de teatro de diversas instituciones educativas de municipios del sur del Tolima, incluida la Universidad del Tolima.

Durante la década del 80, el Festival creció y el Instituto “Soledad Medina” se convirtió en líder de la actividad cultural de Chaparral y el sur del Tolima, incentivando a otras instituciones del departamento que comenzaron a proyectar su quehacer pedagógico y cultural. Se inició entonces una gran efervescencia creativa. En esos años, se editó el periódico “Antorcha”, el cual se convirtió en un espacio donde la comunidad educativa se manifestaba a través de la lectura y la escritura. La misma dinámica cultural permitió que se desarrollaran talleres literarios, de teatro y de danza para docentes y estudiantes en el municipio y fuera de él. En el área de educación artística que en la década del 80 se denominaba Estética, se iniciaron las clases de música fomentadas por el profesor Alfonso, quien dirigía una orquesta, que se proyectaba en el departamento.

En la revista “Allanahuanga” y en el periódico “Antorcha”, se publicaron textos sobre el quehacer cultural de la región, fueron muchos los jóvenes que manifestaron sus inquietudes artísticas. Algunos continuaron cultivándolas a pesar de las dificultades y contratiempos. “Allanahuanga” asociado con otros grupos culturales, creó el cine club que proyectó entre otras obras: “Romeo y Julieta “, “El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha” y “Los Miserables”. Arnulfo Rodríguez Rosales -quien también venía desde el sur- desde el programa de Ciencias Sociales de la Universidad del Tolima en Chaparral dirigía la publicación “Etcétera”, y también impulsaba “Antorcha” desde el Instituto “Soledad Medina” donde se desempeñó como docente.

En la década de los ochenta, era muy visible aún la agitación producida por el Boom de la literatura latinoamericana, por el realismo mágico, el realismo fantástico y lo resal maravilloso, así que antes de la publicación del siguiente número de la revista, y con la intención de seguir valorando ese legado, nos reunimos para definir el nombre que le pondríamos al taller literario. Cada uno de los integrantes propuso uno: El Mohán, Inti, y al final fue escogido “ALLANAHANGA”. Se estableció tanto la designación del taller como de la revista. El segundo número de la publicación comenzó a llevar el nombre de “Allanahuanga”, voz de la lengua Quechua, cuyo significado se asocia a “manada de cóndores” o también “guango de gallinazos”.

El Taller de Escritores “Allanahuanga” nació en el mes de junio de 1981, siendo sus principales impulsores Javier Rodrizales, Hernando Reinoso Santos y Rubén Piedrahita Llanos. Desde el primer año tuvo como propósito el rescate y promoción de los valores literarios y culturales de la región, de tal manera que no sólo se dedicó a la creación literaria, sino también a promocionar las manifestaciones artísticas del municipio y del sur del departamento, hasta el punto que a mediados de los ochenta, el Taller lideraba a casi todos los trabajadores de la cultura del municipio. Con el tiempo llegaron al Taller desde diferentes lugares del departamento y del país: Jesús Arnulfo Rodríguez Rosales, Nubia Vizcaya Sánchez, Freddy Puentes, Evelio García, Jaime Peralta Carrillo, Pablo John Silva, Iván Espinosa, Gonzalo Osorio, José Eduardo Lozano, y finalmente, Orlando Alí Martínez, Francisco Cifuentes, Jairo Rodríguez y Roberto Palomino.

En los inicios del Taller, al comenzar la década de los 80, en el país imperaba el Estatuto de Seguridad del gobierno de Turbay Ayala, en donde la desaparición forzada, la persecución a artistas y líderes de oposición, fueron el pan de cada día. Del artista tolimense Antonio Camacho Rugeles nunca se volvió a saber nada, después que el ejército se lo llevara. El mismo García Márquez tuvo que salir del país y radicarse en México ante la persecución y amenazas contra su vida y su obra.

En 1982, el presidente Belisario Betancourt asumió la presidencia de Colombia. Su bandera fue el proceso de paz con las FARC-EP, del cual nació el partido Unión Patriótica -UP. Este acontecimiento se volvió el tema más reseñado por los medios de comunicación. Convocados por el presidente, los creadores nacionales inundaron con sus dibujos, pinturas, artículos, poemas, no solamente las revistas culturales, sino también los muros de edificios públicos con temas alusivos a la paz. Sin embargo, los asesinatos de líderes de la UP no se hicieron esperar, así como la persecución a artistas y grupos culturales, que en muchos casos se los obligó al exilio. En 1986, fue asesinado Jaime Pardo Leal, candidato presidencial de la UP, quien estuvo en campaña en Chaparral y el sur del Tolima. En 1989 fue asesinado Luis Carlos Gablán Sarmiento, candidato por el Partido Liberal Colombiano. En 1990, fueron asesinados Bernardo Jaramillo Ossa, candidato presidencial por la UP y Carlos Pizarro Leongómez, de la Alianza Democrática M-19.

El escritor Carlos Fajardo Fajardo, después de citar una expresión del presidente Betancourt en su discurso de posesión: “No se derramará una gota más de sangre de nuestros compatriotas”, señala lo siguiente:

“Con el “presidente poeta” Belisario Betancur (quien llamó al Palacio de Nariño a pintores, escultores, compositores, poetas, escritores y renombradas personalidades de la cultura; quien puso a los viejos y jóvenes poetas de distintos territorios a viajar por las ciudades de este “País que sueña”) aumentó en Colombia la muerte por asesinato. Según un informe de junio 5 de 1983 del Departamento de la Policía Nacional, ocurría un asesinato cada hora en Colombia y un atraco otro tanto; siete mil locos solamente en Cali deambulaban a su suerte. Así, vivir en paz en un país como el nuestro, era cuestión de milagro. Sin embargo, hubo alegría y celebramos con demasiado folclorismo costeño, un premio Nobel dado a este Macondo, y con el triunfo del “Jardinerito” de Fusagasugá, Luis Herrera, para todos Lucho, en las carreteras de Francia.”[1]

Cuando el Taller inició su labor, Chaparral carecía de grupos culturales, no tenía talleres literarios y el apoyo a este trabajo era casi nulo. Tenía tradición liberal, pero en sus costumbres y en su manera de ver el mundo era conservador. Así, la gestión cultural era vista con sospechosa, sobre todo por algunos personajes de la política liberal-conservadora. El 23 de septiembre de 1984, el Batallón Caycedo de la Sexta Brigada allanó la residencia del profesor Javier Rodrizales, el mismo día de su cumpleaños y cuando tres integrantes del taller: Rubén Piedrahita, Jairo Rodríguez y Hernando Reinoso, participaban a nombre del Taller en Ibagué, en el programa “Viaje a la Literatura Colombiana, Un país que sueña”. Se le acusaba al profesor Rodrizales que tenía una imprenta clandestina donde se publicaban mensajes en clave para la subversión. El nombre del Taller y la traducción de “Allanahuanga” como bandada o ejército de cóndores, que aparecía en el plegable y revistas, aumentaba las sospechas; a las autoridades la palabra Taller remitía a una imprenta clandestina y ejército, guango o bandada a un grupo subversivo. Era el tiempo en que mientras el Presidente hablaba de paz, los ministros consideraban subversivos a los artistas, y lo decían públicamente. La “vigilancia” a otros integrantes del Taller fue persistente. No obstante, considerándolo nuestro derecho, participamos en actividades culturales programadas por los sindicatos tales como el de docentes, el de pequeños y medianos agricultores, el de los cafeteros; además, de la labor desarrollada en otros espacios como la docencia, la investigación y la proyección.

Con un epígrafe del cantante puertorriqueño Rubén Blades que dice: “A dónde van los desaparecidos? Busca en el agua y en los matorrales y porque es que se desaparecen? Porque no todos somos iguales. Y cuando vuelve el desparecido? Cada vez que lo trae el pensamiento. Cómo se le habla al desaparecido? Con la emoción apretando por dentro”; en el Preámbulo de Allanahuanga No. 24, se publicó el siguiente texto en 1987 de autoría de Rodrizales:

“El escritor es un ser acosado, sencillamente porque su oficio es pensar, es imaginar y también buscar salidas. Su actitud frente al entorno siempre ha sido marginalidad o participación. Ante lo uno o lo otro, la amenaza es permanente: censura o allanamiento. A León de Greiff lo detienen en una calle de la capital, le decomisan un cuaderno de poemas; mensajes en clave para la subversión dirá el veredicto. La poesía es siempre disidente. La literatura ha de ser siempre subversiva dice Vargas Llosa. El poeta de América, Pablo Neruda fallece minutos después del violento saqueo a su residencia por parte de las huestes de Pinochet. Para someter los cuerpos se requiere someter las palabras. A Luis Valdés lo visitan con frecuencia para ver cómo va la causa con La Obreríada cada vez que Suenan Timbres. Cuando los amordazados hablen tendremos la vida, liberaremos el deseo. Poesía es devolver la palabra a aquellos que han sido confinados en el silencio. El silencio es la palabra sometida. Antonio Camacho Rugeles desapareció y nadie da razón de él, sin embrago, nosotros seguimos esperándolo.”

El trabajo cultural de las instituciones educativas privilegiaba la realización de eventos, y no la reflexión y la búsqueda de nuestra identidad; las autoridades municipales casi no consideraban necesario el fomento cultural. Allanahuanga puso en marcha la idea de que reflexionar y rescatar los valores culturales era una cuestión prioritaria. Como parte de este empeño, Rodrizales escribió su primer libro de investigación, “Cantares del Sur del Tolima”. “Si no existen condiciones hay que crearlas”, repetía una y otra vez. La mayoría de los integrantes del Taller éramos estudiantes que cursaban los últimos grados de bachillerato, otros eran bachilleres recién egresados y estaban desempleados. No obstante, las dificultades económicas, no nos impidieron realizar una labor signada por el compañerismo, la solidaridad, el aprendizaje colectivo, el buen sentido del humor, -aún en los momentos más difíciles-  y un amor a toda prueba. En las reuniones que se realizaban en la residencia del Director (Rodrizales), se corregían los textos que saldrían en la edición siguiente de la revista, se analizaban las necesidades culturales y se planeaban estrategias de proyección del Taller y las maneras de incentivar otras expresiones artísticas. Intentamos asumirnos como escritores, pero también como trabajadores de la cultura, razón por la cual nos interesó siempre propiciar el acompañamiento de creadores de otras disciplinas y hacer gestión. “Si los artistas no se mueven, nadie lo va a hacer por ellos”, “Si nosotros no nos movemos, nadie lo va a hacer por nosotros”, decía Rodrizales. No era solo comenzar a construir una obra literaria, sino también despertar el amor por la lectura, y hacer de su promoción un elemento activo del contexto.

Frecuentes fueron las peticiones de apoyo a la alcaldía municipal y otras instituciones, a quienes además proponíamos planes de promoción y sostenimiento del quehacer creativo, investigativo y de proyección cultural. Sin embargo, pocas fueron las veces en que fuimos bien recibidos. A pesar de que el órgano rector del quehacer cultural nacional en ese entonces, el Instituto Colombiano de Cultura- COLCULTURA, intentaba paulatinamente poner en marcha un trabajo de rescate cultural en las regiones, el ente administrativo municipal, al comienzo de la década del ochenta no consideraba su obligación apoyar esta labor. En forma ocasional, su mayor contribución era proveer de resmas de papel y frascos de tinta para nuestra publicación en mimeógrafo del colegio Soledad Medina. Como una herencia del poder nacional, en Chaparral el trabajo artístico era visto como extraño y sospechoso. El presidente Belisario con sus programas intentaba cambiar esta mentalidad, dándoles participación a los artistas sin reparar en sus ideologías. Ciertas “elites” del liberalismo municipal inicialmente asumían nuestra labor con una actitud displicente, entre otras razones, porque nuestros nombres y apellidos no remitían a los de las familias patriarcales y terratenientes que siempre fueron las que detentaron el poder económico, político y cultural.

En nuestras charlas y reuniones fruto de las lecturas -de entre otros autores- los escritores del boom latinoamericano, nos hicimos a la idea de que el trabajo literario exige una rigurosa preparación intelectual. Unos en mayor, otros en menor grado, intentamos ponerla en práctica. Como es evidente que la más sólida formación intelectual la poseía el profesor Rodrizales, él como un auténtico Maestro, nunca impuso lecturas. En las conversaciones hablaba de autores colombianos y de otros países; los demás veíamos la necesidad de conocerlos, tratando de ponernos a tono con la evolución literaria universal. Nombres como el de Luis Vidales, León de Greiff, Aurelio Arturo, Eduardo Carranza, Fernando Charry Lara y los poetas de la llamada “Generación Desencantada” como Harold Alvarado Tenorio, nunca faltaron en nuestras lecturas. Aunque en algunos estamentos de la izquierda con los que teníamos comunicación, aún predominaban las ideas del realismo socialista, en el Taller siempre fue claro que todos teníamos absoluta libertad para escribir y pintar. Jairo Rodríguez no ocultaba su amor por Cortázar, Hesse, Bataille; Freddy Puentes hablaba de filósofos franceses como Derridá, Dalí y Cobo Borda, a quien siempre vio como un gran ensayista además de poeta. Iván Espinosa “descubría” a los poetas malditos, en especial a Rimbaud y Verlaine; Rubén Piedrahita se refería a diversos autores latinoamericanos y colombianos, además porque provenía de una familia de escritores. Cada “revelación”, cada idea clarificadora, cada planteamiento que nos ayudaba a continuar el camino, era compartido con alborozo.

Intercambiar libros, llevar a las reuniones textos claves de escritores que asumían la literatura, la filosofía, la cultura y la historia con una visión crítica, ayudó a alimentar nuestro joven espíritu, a forjarnos en la tenacidad y en la búsqueda indeclinable. Uno de estos inolvidables materiales fue “Querido y Remoto Muchacho”, un hermoso fragmento de la obra ya evocada “Abadón el Exterminador” de Sábato, obsequiado por Francisco Cifuentes. Las concepciones literarias y políticas de escritores como Carlos Fuentes, García Márquez, Julio Cortázar, Mario Benedetti, entre otros, eran discutidas en el Taller. Con gran expectativa leíamos entrevistas y artículos que aparecían en revistas y periódicos. Estábamos abiertos al aprendizaje continuo e íbamos descubriendo el sugestivo mundo de la literatura y el arte.

Con el deseo de continuar nuestro proceso de formación, luchábamos para asistir a diversas actividades culturales, así estuvimos en el Encuentro de Escritores del Tolima Grande, organizado por la Unión de Nacional de Escritores Capítulo Tolima, y el primer Encuentro Nacional de Talleres de Literatura organizado por la Biblioteca “Luis Ángel Arango” del Banco de la República, en 1984. Era el gran momento de efervescencia de los talleres, sobresalían entre otros el Taller de la Biblioteca Pública Piloto de Medellín coordinado por el escritor Manuel Mejía Vallejo, El Taller Literario Contracartel, El Taller Literario “Gabriel García Márquez”, dirigido por el escritor tolimense Eutiquio Leal, considerado como el pionero de los Talleres Literarios en Colombia y quien nos acompañó en muchas oportunidades, el Taller de Escritores de la Universidad Central “Gabriel García Márquez”, dirigido por el crítico Isaías Peña Gutiérrez, quien nos visitó en una oportunidad en Chaparral. Aunque los talleres de literatura han tenido detractores desde que comenzaron a establecerse en el país, para nosotros fue siempre un espacio de reflexión, de aprendizaje, de compañía solidaria y vital. Un espacio de feliz creatividad que no todos habíamos conocido, y es muy probable que en la mayoría de los casos, nuestra vocación literaria hubiera naufragado, si no hubiera sido por el trabajo realizado en la dinámica del grupo. En provincia y con tantas situaciones adversas la posibilidad de sobrevivir era escasa.

Entregar los textos a consideración de los integrantes, las lecturas y comentarios de los libros que leíamos, la disciplina que íbamos adquiriendo paulatinamente, nos enseñó en la práctica la imperiosa necesidad de corregir una y otra vez, de tratar de encontrar la palabra justa, de desplegar los matices del lenguaje, de advertir que todo escrito se puede mejorar. Re-leer ante todo. Una condición importante en nuestro trabajo, que algunos escritores reconocidos que nos visitaron, fue que cada uno comenzaba a manejar su propia expresión. La tan criticada uniformidad de los talleristas conducidos por el coordinador o director, que al parecer se observaba en otros talleres, afortunadamente no se manifestó en “Allanahuanga”. Esta característica no nos la impusimos, sino que fluía de forma natural.

Una experiencia vital dentro del arduo oficio de escribir: diálogo, lecturas, escrituras, viajes, búsqueda e investigación permanente, fueron algunas de las constantes en esta fase hasta que poco a poco el equipo de trabajo se fue disolviendo no sin antes haber cumplido su misión en el desarrollo cultural del Tolima y Colombia. “Lo importante no es el camino, sino la huella; porque a punta de hacer huellas, se hace el camino”, nos enseñó el Maestro Silvio Sánchez Fajardo. Cada cual partió hacia destinos diferentes, con los sueños a flor de piel y la palabra siempre en alto: Jesús Arnulfo Rodríguez y Eutiquio Leal viajaron al infinito, desde donde nos recuerdan que los proyectos, sus proyectos no pueden quedarse a mitad de camino; que el mejor homenaje que les podemos hacer es seguir su ejemplo: continuar haciendo realidad sus sueños.

En torno al quehacer cultural en la provincia y la obra poética de Hernando Reinoso Santos, cofundador del Taller “Allanahuanga”, dice Benhur Sánchez Suárez: “Ya decía yo que ser de provincia en Colombia es casi una desgracia frente al centralismo asfixiante con que se manejan nuestros destinos culturales y las miradas oblicuas con que se miran nuestras producciones artísticas. Y si eso sucede con nosotros, que vivimos en una capital, cómo será, entonces, con aquellos que luchan por los mismos ideales en municipios alejados, sin las posibilidades de la difusión a través de los medios donde se puede lograr de vez en cuando pequeñas resonancias para algunos de nuestros aullidos. Meritoria labor, indudablemente, persistir en mejorar la vida y perpetuarla a través de la palabra. Precisamente desde Chaparral, Tolima, nos viene la voz de un poeta que nombra las cosas con su propia nomenclatura, que inventa semánticas mágicas, que su línea de horizonte está habitada por seres que no existen sino en su imaginación, que sus olores y sabores son un territorio como el paraíso; un poeta que renueva la fe en la creación humana.”[2] Una muestra de la obra de Reinoso Santos, es el siguiente poema:

Arboles de silencio abren los picos de los pájaros

Y un perpetuo rumor de hojas armoniza la penumbra

La llamarada del Sol funde la música

En un rito de blancura deslumbrante

La quietud extasiada teje las sombras

Se desdoblan guitarras en la piel de las arenas

Y como un canto tronchado en el asombro

Las orquídeas silvestres acogen las gotas de la belleza.

Un pájaro se ahoga en el hilo de este espejo

Y descienden hojas de música

Abriendo de par en par

Este charco como un arco iris que incendia

El follaje o el silencio

Esquirlas de la piel fabulan la sensualidad

Se desgajan laberintos sutiles

Surcando un sol de temblores embriagados.

Un pájaro bebe la imagen de sí mismo en el rumor del agua

Y se atraganta de luz embebida en la desmesura del sueño

Su canto es un violín apretando los límites de la belleza

Mientras mariposas azules saborean

La sabia del sol embadurnado en el silencio.

Teñida por el rojo de la flor que su corazón bebe

La mariposa es postre alucinada

Ante el esplendor sublime

Que la tarde ensancha en sus sentidos extasiados.

El centro de los pájaros incendia el atardecer

Y se enhebra la aguja que teje la penumbra

Petrificado por el sueño de las sombras

El silencio se recuesta en la ...sirhawer.”

En 1993, ya de vuelta a su tierra, Rodrizales publica en Pasto el libro Ajetreos Sigilares, con el cual comienza otra etapa importante de su quehacer docente, investigativo y de gestión cultural desde la Universidad de Nariño. Del libro mencionado hace parte el poema “Xexus”, en homenaje a los caminantes, a los viajeros, a los poetas, a los nómades, porque “el mundo es de quienes se atreven”. El texto del poema, es el siguiente:

“No hay que vacilar en partir,

Nacimos para el asombro,

Para la aventura.

El mundo es de quienes lo arriesgan todo,

los viajeros, los osados, los aventureros;

Los que buscan raíces;

Los obsesionados por descubrir lo desconocido,

Los expedicionarios, los andariegos,

Los marinos, los vagabundos;

Los que tropiezan, se levantan,

Y prosiguen.

La sensación y los sueños,

El vuelo y el camino;

La pasión del navegante,

Los perseguidores de utopías.

El viento y el sol,

El río y el mar,

El rumbo y la velocidad.

Los que tropiezan, se levantan,

Y prosiguen…

En el siglo XXI, el siglo de la ética y la estética, pero también de la sociedad digital, “Allanahuanga” renace de las cenizas como el Ave Fénix (“cuando le llegaba la hora de morir construía un nido con trozos de corteza de árboles olorosos, y batía las alas hasta que se prendía fuego al nido”). Primero, en forma impresa, con las ediciones 27 y 28, luego en forma digital, para que el mundo se entere del quehacer de un puñado de locos soñadores que en los años ochenta dejaron huellas imborrables con sus versos, sonidos, coreografías y colores. Sin embargo, nosotros seguimos empeñados en la búsqueda de aquello que nos hace humanos, le seguimos apostando a la filosofía, al arte, a la literatura, a la cultura: la utopía perfecta; la mayor felicidad del hombre. El imaginario social, tal como nos lo enseña Castoriadis, no es imagen de... es una obra de creación incesante y esencialmente indeterminada (figuras/formas/imágenes) por parte de cada sujeto inmerso en una sociedad, de este modo ejerce su libertad, se transforma y va transformando el mundo que lo rodea. El símbolo entendido como unidad cultural y universal; el único lenguaje universal es el de los símbolos, sueños, mitos: el lenguaje y, paradójicamente, la imagen habla con símbolos.

 

Bienvenidos!!!

 

 JAVIER RODRIZALES

HERNANDO REINOSO SANTOS

 

 

[1] Colombia: los ochenta, la década del miedo. En: https://www.eldiplo.info/portal/colombia-los-ochenta-la-decada-del-miedo/. Consulta: 12-07-20.

[2] El poeta del bosque. En: https://www.elnuevodia.com.co/nuevodia/opinion/columnistas/sanchez-suarez-benhur/196359-el-poeta-del-bosque. Consulta: 12-07-21.